Reflexiones sobre el romántico contemporáneo chileno

por Constanza Rivano Delzo / /

Actualmente, es imposible quedar indiferente ante las maravillas de la ciudad contemporánea. Santiago de Chile parece ser lo más cercano que tenemos en este pequeño rincón del fin del mundo a una metrópolis. Sus grandes edificios, autopistas y luces radiantes que podemos ver continuamente por las noches nos recuerdan que hace ya, mucho tiempo, las localidades posmodernas dejaron de ser meros espacios en donde la población decidió poner en juego los recursos que le brindaba la ciudad, sino que, todo lo contrario. Hemos llegado al punto en el que los lugares que habitamos se han tomado la licencia de absorber todo aquello que llamamos vida.

Ya desde siglos pasados hemos escuchado hablar de un sentimiento melancólico imperante dentro de la sociedad. Así, como lo hicieron los románticos, la melancolía y la desolación está siendo utilizada por el chileno promedio como un medio por el cual alcanzar las más maravillosas obras. Ya nada parece diferenciar a los artistas modernos que regresaban al taller para plasmar lo contingente y abrumador de la existencia, a un trabajador chileno de centro comercial en pleno siglo veintiuno. Y, del mismo modo, el acto de atentar contra la vida es una característica que tampoco ha querido mantenerse ajena de las circunstancias actuales.

Chile, la mala copia estadounidense en Latinoamérica, se ha encargado de que las políticas sociales siempre se encuentren escalones subsuelo en pos de una relativa estabilidad económica. Razón por la cual las jornadas laborales siempre serán más extensas y exhaustivas en relación a la ganancia, por la cual el cuerpo se desgasta. Por ello, nada tiene de sorprendente que el metro y/o los espacios públicos más frecuentados por los chilenos, sean el espacio predilecto para cometer suicidio. Sin embargo, a pesar de la crudeza que puede significar ser un cómplice y/o testigo de ello, la sensación que prevalece por sobre la aglomeración de gente es de impotencia, al haber perdido tiempo valioso que podría repercutir en el desempeño laboral y, como consecuencia, en la paga.

De acuerdo con lo que planteó la OCDE, Chile es el segundo país con mayor tasa de suicidio, específicamente en el sector adolescente. Siendo más detallados al respecto, en Chile se suicidan aproximadamente 10 personas cada 100.000 habitantes anualmente, acorde a lo que data el Ministerio de Salud en el año 2017. Y, de los cuales, los factores de riesgo más comunes están asociados a trastornos mentales, uso abusivo de sustancias, pérdida financiera o de trabajo, desesperanza, enfermedad, historial familiar de suicidio y/o factores genéticos o biológicos, según da cuenta el estudio de Francisca Lobos Mosqueira para optar al grado de   Magíster en Políticas Públicas de la Universidad de Chile. Además, la tasa de suicidio de los jóvenes LGBTIQ+ cuadriplica a la del resto de la población, teniendo una esperanza de vida no mayor a cuarenta años, según publica el movimiento chileno de la diversidad sexual, más conocido como Movilh Chile.

De este modo, parece ser que la pérdida de sensibilidad tiene más coherencia por fuera de nuestra existencia. Un descanso, un último respiro seco y frío que culmine con el calvario de la sociedad deambulante. La vulnerabilidad ante la muerte es todo aquello lo que nos acerca al sentimiento de lo sublime, al cual tanto aspiraban los alemanes de principios del siglo decimonónico, la última de las tendencias para los intelectuales de la época. Quién hubiese pensado que dos siglos después, el paso de la vida a otra extensión, se mantendría como una salida explicativa ,en donde el individuo podría ser el poseedor de la verdad, siendo uno con la totalidad del universo.

Quienes nos mantenemos en esta guerra, confirmamos que el tiempo es valioso, que cada segundo es productivo, cada momento es un poco de dinero al bolsillo. Que el éxito es tan sólo una palabra bonita para explicar la falta de sueño, el llanto y el olvido de la calidad humana. Aquello inmenso por lo que los románticos temían, una magnitud poderosa y natural, inexplicable, ha construido rascacielos, uno tras otro, siendo desmedido y desproporcionado su tamaño en comparación a nuestro cuerpo, prolongando nuestra vista hacia el infinito del cielo. Las estrellas ya no existen. Son frágiles destellos en peligro de extinción por las noches nubladas de smog y luminaria de mala calidad.

Tan frágil es el temperamento de mi país, de quienes vivimos aquí. La intolerancia y la violencia es nauseabunda. Todos aquellos que caminamos por las calles, sentimos la repulsión de ser tocado por el otro, de sentir la presencia ajena y la lamentable desconfianza que nos embarga para poder preservar todo lo material por lo que luchamos obtener. Llevamos con nosotros un lamento de tránsito, y buscamos en el resto la morbosidad y la desgracia. Chile es una bomba de tiempo que no se detiene, y los chilenos somos nuestra propia arma ante la adversidad. Qué ilusos somos al pensar que las cifras puedan alarmar  a los poderosos. Oh, qué clase de macabra forma de registro somos para el país. No somos más que la ironía más grande de la especie humana, parásitos deambulantes, alimento para la muerte.

Fuentes:

http://www.minsal.cl/dia-mundial-para-la-prevencion-del-suicidio-2017/

http://repositorio.uchile.cl/bitstream/handle/2250/142720/Lobos%20Mosqueira%20Francisca.pdf?sequence=1

http://www.movilh.cl/documentacion/2018/Informe-DDHH-2017-Movilh.pdf 

Las opiniones vertidas en esta entrevista son de exclusiva responsabilidad de quien las emite, y no representa necesariamente la línea editorial ni la postura del equipo de ESTADO CULTURAL.