120 latidos por minuto (Robin Campillo, 2017): Militancias íntimas

por Héctor Oyarzún Galaz / /

La última película del italiano Nanni Moretti, Mia madre (2015), comenzaba con un tipo de plano poco usual en su filmografía. La toma comienza desde las espaldas de un grupo de policías a la espera de enfrentarse con unos manifestantes. La cámara se eleva, desde una grúa, hasta posicionarse en el medio de la protesta. Una vez que el enfrentamiento físico comienza, se empiezan a intercalar diversas tomas de los rostros furiosos de los policías con planos detalle de los golpes que reciben los participantes de la marcha. Repentinamente, la toma es interrumpida por una mujer gritando “¡Corte!”. Se trata de Margherita (Margherita Buy), directora ficticia de la secuencia que acabamos de ver.

Margherita regaña a diversos miembros de su equipo técnico. El principal reclamo se lo lleva un operador de cámara que, según Margherita, pareciera tener una fijación con la violencia policial. Si bien la secuencia es otra humorada de Moretti, siempre irónico frente a las formas tradicionales de representación del cine de izquierda, nos plantea de frente una de las decisiones básicas que enfrenta un director. Margherita se enfurece debido a que el tipo de plano describe con demasiado detalle la violencia policíaca, y por el hecho de que el tiro de cámara comienza desde la posición de ellos. Margherita sabe que el lugar donde se coloca la cámara está construyendo parte de la política de su film. Esta conciencia en torno al lugar de la cámara es lo que hace que 120 latidos por minuto, la última película del francés Robin Campillo, destaque sobre otras obras en torno a movimientos sociales. No se trata de la cámara descriptiva de películas como Salvador (Manuel Huerga, 2006), sino de una cámara que se suma al activismo de sus personajes.

La película recrea las actividades del grupo ACT UP en París a comienzos de los años noventa. La agrupación internacional, activa hasta nuestro días, se creó con el fin de concientizar a la población sobre el esparcimiento del VIH/SIDA desde finales de la década de los ochenta. Además de la divulgación de información médica, el grupo organizaba atentados contra las farmacéuticas por considerarlas cómplices de un estudiadamente lento desarrollo de medicamentos. A medida que la cinta avanza, el relato empieza a detenerse en la figura de Sean (Nahuel Pérez Biscayart), un carismático y joven activista afectado por la enfermedad. Sean se posiciona por lo general en la rama más radical del grupo, siendo uno de los más confrontacionales a la hora de debatir las estrategias.

La primera escena de la película define con claridad las intenciones formales de Campillo. En la secuencia, vemos una asamblea de ACT UP en la que los participantes evalúan el resultado de una intervención pública. A medida que cada miembro de la reunión aporta su relato, la película ilustra el punto de vista de cada uno a través de diversos flashbacks. En lugar de mostrar la escena desde un punto de vista general, la cámara se encuentra limitada por la parcialidad de quien relata. Esta construcción de la secuencia “por pedazos” muestra el espíritu colectivo que mueve el relato en su conjunto. Esta estrategia se verá en varias de las escenas de asamblea que siguen, las cuales son bastante más recurrentes de lo que podría esperarse.

La posibilidad de la existencia de un personaje colectivo en el cine ha sido discutida desde la temprana aparición de los textos del soviético Sergei Eisenstein. A través de su lectura marxista del montaje, el director mostraba a la masa en su conjunto como ente protagonista en películas como La huelga (1925). Esta búsqueda por el personaje múltiple explotaría en Europa después de Mayo del ’68, período en que se multiplica la aparición de los grupos políticos en el cine. Los experimentos colectivistas de Chris Marker con el grupo Medvedkin, o “películas-asamblea” como Un film comme les autres (Jean-Luc Godard, 1968) dieron un impulso inédito a la representación del sujeto colectivo durante la década. Si bien es una forma de cine que fue desapareciendo progresivamente con los años, películas recientes como La fábrica de nada (Pedro Pinho, 2017) sugieren un retorno del interés por la experiencia colectiva en el cine reciente.

Sin embargo, esto no significa que la estrategia sesentera haya regresado intacta. Al igual que en la película de Pinho, la vuelta del sujeto colectivo de la mano de Campillo presenta diferencias con el cine de agitación post-Mayo. Si bien se trata de una asamblea de varios integrantes, la película se toma el tiempo para caracterizarlos lo suficiente por separado. No se trata solo de una definición clara de personajes, sino también de una estrategia fílmica particular. En lugar de utilizar los planos generales que han predominado para el registro de lo colectivo, la asamblea de Campillo se compone casi por completo de primeros planos. A su vez, la estructura de la película otorga tiempos similares a los momentos de activismo político y a las relaciones personales entre los miembros del grupo. Después de cada operación exitosa, Campillo introduce escenas de baile. Por cada escena en la cual los miembros del grupo ejercen una actividad política pública, se introduce otra para describir sus romances, trivialidades y fiestas.

Por otra parte, la segunda mitad de la película si asume parte del peso trágico de la enfermedad de manera directa. Al centrarse en el deterioro físico de Sean, la película cambia radicalmente a un estilo más lento y descriptivo de las secuelas de la enfermedad. Este drástico cambio parece coincidir con las discusiones previos de la asamblea. Si los activistas se cuestionaban sobre qué tan trágica o divertida debía ser su propaganda, el cineasta se pasea de idéntica manera entre lo lúdico y lo dramático.

Por último, es importante mencionar que se trata de una película semi-autobiográfica. Campillo fue parte activa de ACT UP durante la década, siendo su propia experiencia la base para el guión. Se trata de una película que pone el énfasis en la necesidad de divulgar información, y en las estrategias políticas para esparcir ese mensaje. Por esta razón, 120 latidos por un minuto puede entenderse como una extensión de la militancia de Campillo. Su último acto de activismo toma la forma de una película.