“Te reconozco, siempre y cuando…”

por Fernanda Toro / /

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Fotografía 1 /Eugene Appert/ Paris  Fotografía 2/ Rafael Castro y Ordoñez / Emilio   Chaigneau

“… ¿Del por qué uso Tío Nacho?, porque rubia rubia no soy y “una” siempre quiere tener el pelo más claro…”. Frases como éstas del todo aspiracionales, anhelan a un tipo de patrón, un prototipo y envoltura significante que permite entrar. Éstas fotografías de Europa y Chile no hacen más que remitirnos a dos modelos de fenotipos donde la suma del lugar geográfico más los genes nos imprimiría una marca personal pero más importante aún nos ubicará en un lugar. Dos modelos que ponen el acento en lo alterno y que implican relaciones desiguales respecto a lo vigente, aceptado, reconocido.

Imposiciones que dan la pauta como esta publicidad y que supondría el nuevo traje del indígena (fotografía 2), una indumentaria que es la entrada a lo validado socialmente en el escenario occidental hegemónico. Y en donde tanto los pies descalzos del indígena como la raíz de pelo oscuro que aparecerá por más aplicaciones que nos demos con tío nacho, no harán más que refrescarnos la memoria y poner énfasis en el origen, el otro lugar. Anhelos e intentos de naturalización de individuos, como si solo con la envoltura bastara, sin pudor al disfraz, al simulacro como es el caso de la imagen de las Ministras de Estado de Chile, presidido por el presidente Sebastián Piñera,  fotografiadas en la Revista Ya bajo el título: “ El sello de las mujeres del nuevo gabinete” (imagen 3); todas ellas aclaradas, blondas y oxigenadas, blancas, brillantes y claramente ese sello es su ingreso, es su disfraz, su perfil, análogo a lo que vemos representado en la fotografía 1, donde una pareja desnuda blanca, europea simula ser “otro”, parecer exóticos y padecer vejámenes como las manos maniatadas, por ejemplo, pero la misma fotografía se encarga de velar lo real, lo que vemos ahí remitiría más bien a esculturas clásicas.

 

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Imagen 3: Segmento de portada de Revista Ya, 2018.

Este entrar sobretodo en Chile tiene mucho de estos estereotipos, tiene mucho de falso, tiene mucho de marketing. Y eso ya estaba instalado en el siglo XIX. Hay registro de juegos de ser, intercambios de yos, donde la identidad y la memoria pareciese estar en otro escalafón. Representaciones que evidencian concepciones de mundo y los intereses plasmados de algunos, la fotografía media, se ciñe al mandato. El aparataje detrás de las fotos es un mito como bien lo plantea Barthes, la significación traslocada, fotografías que están subyugadas a ideologías que comparten ideas de exnominación donde hay individualidades a ratos pero donde se hace más fuerte y evidente la enajenación para el ingreso: maquillarse, simular ropajes, tinturas, blanquearse. Operación que emula más que naturalizar, ya que al desmitificarlas se hace latente lo medular: representaciones siniestras, infamiliares, para muchos, que deforman la realidad y traen al presentes esas alteridades y que insisten en las diferencias en este vil juego de la suplantación. ¿Qué veo realmente? disfraces, solo disfraces donde hay énfasis en poner ideas en la forma, en la composición, en la pose y los atributos de los individuos ahí presentes. Las condiciones de ingreso parecen solapadas en el lenguaje visual pero son violentas, obligando a borrar memorias y singularidades. Una guerra visual que implica asimilación como los Borg en Star Trek: humanoides que combinan lo sintético con lo orgánico y que funcionan bajo la lógica de una sola mente, un solo cuerpo, un modelo a seguir, y es en esa asimilación donde entregan la hoja de ruta, imprimiendo el propio sello dominante en el “otro”. La asimilación entonces se concreta con la huella luminosa de la fotografía, marca resplandeciente que enceguece al punto de hacernos alucinar y creer las distintas construcciones de montajes e imaginarios. Un arma que juega, proyecta, invita y rechaza. Nos engaña, convirtiéndonos en victimas y victimarios de este juego de poder. Donde lo ficcional es articulador y la monedita de cambio para estar inmortalizado en esa huella lumínica. Ficción del otro es la premisa.

Para Rancière, lo visto ahí, es la potencia del dispositivo de progreso: la fotografía, como método que reduciría las capacidades del hombre a una fórmula unívoca. No seríamos arcilla para modelar al antojo del poder tampoco unos tontos encandilados a la luz de las representaciones. Más bien estaríamos de cierto modo a la merced de toparnos con ciertas imágenes que hacen evidente este juego de dominancias.