Un Método Salvaje

por Paola Avaria Vera / /

Un requerimiento de no requerimientos es una afrenta al canon académico y por tanto sigue la tradición de la irreverencia esperada por el arte, hoy ya intolerante. Pero esta intolerancia de la intolerancia se pilla a sí misma hasta quedar cancelada. Es decir, como la luz que cae sobre la forma y que al provocar las sombras de las hendiduras, la trae entonces a presencia; la presenta y la pone en existencia ante la mirada, de igual modo, como un ejercicio de gestalt, lo salvaje no existe sin lo civilizado ni lo civilizado sin lo barbárico.

Escribir en este computador, es un acto tecnológico de dominancia. Este mismo texto es un intento civilizatorio de dominar el pensamiento. Mi pensamiento, su pensamiento, que intento persuadir, para controlarlo y amarrarlo a palabras, a signos que se dibujan en el papel y que son presentadas en un afán triunfalista de demostración estilística de ideas domesticadas. Entonces, así como aquí escribo para dominar mis propias ideas, y controlar mi pensamiento, encerrándolas en dibujos unitarios llamados letras, que unidos en una gráfica continua transformo en uno mayor llamado texto, el acto de domesticar el caos como se le escucha decir a Pinochet en su discurso contra el Mir…., la vida, el arte y la ciencia se han tratado siempre de control. A su vez, este también es un acto civilizatorio sobre la superficie de los pensamientos ya pensados por tantos otros, antes, al mismo tiempo y después que yo. Una selva inconmensurable de todos ellos.

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Pero para dominar esta jungla, es necesario un mapa, una guía que sea y entregue las necesarias pistas para el control de la posibles fugas de información. Desde aquí, siga las indicaciones que los trazos y segmentos que componen el dibujo o grafía de mis ideas armadas en signos escritos aquí, para llegar al campo salvaje de mis imágenes que construyo a partir de otras imágenes; las visibles que se comportan aquí como una totalidad, pero que en mi mente están diseminadas en recortes y que sólo se arman a posteriori, freudianamente.

Entonces, se me instruye encerrar mis ideas en representaciones nuevas, volverlas a presentar, en este caso, en dos fotografías, coronadas por una tercera. Ellas dialogan entre si, en al menos un par de sentidos. Como esos juegos de inteligencia (la civilización del pensamiento) que aparecen en los periódicos (otra palabra civilizatoria), y que reclaman ser comparados en sus similitudes y diferencias. Debo insistir, la simple captura de la imagen es un acto civilizatorio de lo indomable del tiempo y su latido.

La primera fotografía, situada en una esquina inferior (al situarla seguramente he domesticado su consciente, y seguramente está imaginándola en una página en blanco en el lugar que le es indicado, por una deformación occidental, de izquierda a derecha, en ese mismo orden en que le fue enseñado leer) Una fotografía, la primera de tres, muestra un accidente de tren. Es en Montparnasse. Una irrupción de una locomotora que cae por un ventanal hacia la calle. La ruptura, así como el rupturismo del grupo del mismo nombre que trae un quiebre a la institución artística chilena a principios del siglo XX. La locomotora siniestrada aparece como foco concéntrico donde se juntan todas las diagonales y el impacto habla tres veces en la imagen. La noticia, el movimiento en la imagen y el movimiento de su ojo dirigido hacia el centro de la imagen. Estrellándose la locomotora en el suelo, el viaje ya se adivinó, luego, estrellándose su ojo en la imagen, el viaje empieza moviendo éste en torno al punto de impacto, y por último la confluencia de la energía de la imagen misma en un núcleo. Esa necesidad de alcanzar la perfección, erradicando algún elemento orgánico de la imagen y darse cuenta de que lo perfecto de las máquinas no es garantizado, que lo salvaje asiste aún en la limpia factura de los objetos, el error y la caducidad, emergen: el accidente acontece. Las máquinas también fallan.

La segunda fotografía está ubicada en frente de la primera, paralelamente en la misma hoja en blanco que ya imaginó. Es una fotografía de 1855 y muestra la Estación Central de trenes de Santiago. Si Barthes la observara, quedaría a su vez pegado en la esquina inferior derecha de ésta en el que un hombre a caballo, como último vestigio de ruralidad asoma casi escapando de la gran escena del abalanzamiento de la gran maquinaria urbanística que girando alrededor del gran monstruo ferroviario se ha formado; se abalanza sobre el pequeño punto en el que se vuelve ínfimo, es sublime,  el punctum barthesiano pronto quedará desplazado y borrado de la superficie de la imagen en la recreación mental nuestra.

La tercera fotografía, presenta una doble horizontalidad, el paisaje y en su extensión, el indígena que yace muerto. El hombre de pie a su lado, oscuro, parece un proyectil recién caído del cielo, una flecha de la mano de la salvaje civilización. Los hombres de pie más atrás, igualmente oscuros todos en contraste con la pureza e inocencia del salvaje, la ingenuidad aniquilada por el hierro que para controlar, cae en punta perpendicular. La figura misma de la opresión, que aplasta. La amplitud de visión, el indígena que recibe a Colón queda obnubilado por la visión de los nuevos hombres, lo que traían en su mirada, que estaba afuera, quizás arriba, arriba, erecto, recto como la caída de un objeto cósmico, habrían pensado los nativos.

El indígena, horizontal, es solo parte del paisaje. Ya no importa. El hombre, vertical, es parte del hierro oscuro que viene a quedarse y a controlar el flujo, también horizontal, del paisaje, para hacerse de sus riquezas. Éste es el que vale. El paisaje, el pasaje, el pasar, como por una ventana de tren, la línea continua acostada que seguimos desde ella, como sin fin, pasa, es la misma siempre, entregada, llana. Ësta ya no importa.

Dispuestas las fotografías del siglo XIX en la posición que aparecen, un juego de trilogía divina se pretende. Una santísima trinidad respecto del padre (o madre): la Europa; el hijo: Chile, y el espíritu santo, el arma de fuego, o el espíritu, el de los tiempos de la captura, mecánica fotográfica así como también, civilizatoria.

La trilogía de fotografías, todas capturadas en años vecinos, podrían disponer de esta forma, de un simbiótico diálogo evangelizador, una nueva evangelización generada por la mano del hombre ya no divina, pero que vuelve a descubrir una tierra prometida. Chile no se escapa de esta nueva conquista, nunca se escapa. Acá siempre llegan las oleadas más tarde y solemos ser el sucedáneo de lo europeo, en el siglo XIX, los triunfadores, con sus destellos enceguecedores de un capitalismo decadente. Triunfamos tarde.

Un acto civilizatorio es el progresivo caer en la cuenta de que al levantar el tenedor cada vez que se come en un restaurante, o alzar la cuchara de cierto modo al tomar sopa (sin sorber por cierto) es la definitiva sentencia de que se ha sido domesticado, que desde un punto de vista kantiano asegura igualdad, porque es un código en el que todos nos reconocemos, y luego libertad, pues permite que nos movamos con confianza de que seremos comprendidos y acogidos como iguales, égalité, fraternité et liberté; y entonces tendremos libertad de progresar en otros sentidos, una libertad por cuociente o residuo.

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Un amigo escucha el ir y venir de este texto en el campo mental que lo escribo y mientras se traslada de la ciudad a la ruralidad, concluye que se puede decir que todo acto civilizatorio es también un acto barbárico, eso es Benjamin encontrando al Principito, agrega. Ah! Lees a Walter y a Saint Exupéry. ¿En alemán?¿En francés?

Esta metodología contiene barbarie. La transferencia que transforma violentamente, sin historia se vuelve sólo un relato, dice Machuca. Te permites no tener historia, te dejas contarte un cuento que te crees, hey conozco unos cuentos sobre el futuro, hey el tiempo en que los aprendí fue más seguro, cantan Los Prisioneros. Mi herencia no es mía, no me pertenece. Es tan sólo una dádiva; una suerte de pensión asistencial.

Luego, la respuesta correcta es la devolución. Es Dittborn arrojando de vuelta a Jimmy Button, con su nombre inglés y su traje burgués, enviado en una Aeropostal. Es también CADA, devolviendo la ropa de segunda mano a sus dueños originarios; es un golpe a la cuna de la institución: Europa. Es la destrucción de lo neoclásico, es el graffiti en el frontis del MAC, o el encubrimiento de la fachada del institucional Museo de Bellas Artes; es dejar de demostrar que somos países bien aprendidos, es declarar la independencia visual, es reclamar que somos tan dueños de nosotros mismos que no requerimos de controladores, pues somos iguales que aquellos que nos conquistaran, originales, legítimamente auténticos por derecho propio, un medio de defensa, que se convierte en emulación, mimesis infinita hasta el día de hoy. Devuelve esas cartas de amor, porque ya no las necesito más. Puedo caminar solo.

Una conocida dice que este corte de pelo queda bien, que luce francés. El cerro Alegre en Valparaíso parece una Rue francesa. Una casona enlatada parece trasladarme a Dinamarca, so british, so french, so german; para que el británico se sienta bien, para que el francés se sienta bien, para que el alemán se sienta bienvenido; para que vean que somos iguales a ellos, para que vean que somos civilizados y libres. El patrón nos continúa oprimiendo las costillas cual corset reformatorio.

Y si de repente me detuviera, si en vez de dirigirme al trabajo tomara el primer bus que viera y dejara que me llevara donde fuera, y si en vez de orinar en la taza del baño lo hiciera en medio de la sala ¿qué pensaría Kant de mï? Hay una escena en la película Square, que restituye este sentimiento de incomodidad ante la barbarie. Un actor, personifica a un primate, que se mueve entre las mesas de la cena de la elite artística en un palacio neoclásico. Leppe hacía este mismo ejercicio, dentro de una forma, la que se cancelaba progresivamente en la medida en que se ejecutaba el golpe a la academia en un sitio institucional supremo, París. El canto lírico, con los fórceps bucales es la imagen de un chileno obligado a cantar en francés para ser entendido en la creme de la creme. Ahí tienen, se los devolvemos. No queremos más su modelo evangelizador; no más patrón. La burguesía triunfadora que comenzara en la Italia renacentista, que se corona con dos revoluciones; el gran engranaje que avanza abriendo las conciencias de una real independencia y autonomía de lo divino, de lo monárquico, a las mentes que lo sentó, que por sus necesidades, y el reclamo y la exigencia de poder repetir y gozar de esos deseos y gustos de la clase superior, ahora en manos del pueblo excreta salvajes productos hegemónicos tan salvajes como esos criterios canónicos que hegemonizaron nuestras mentes, esta vez simulados, mitologizados. Es el mismo relato con otro narrador. Seguimos dominados, seguimos siendo diezmados, seguimos siendo controlados, Colón sigue llegando. Miles de hombres en miles de carros de metro revisan su celular a la misma hora los mismos días en el mismo cuento.

Y así como levantamos el tenedor, o manejamos la cuchara es un acto de civilización, civilizar es aplicar un modelo. El escribir, el redactar, el ordenar de un modo, es la disciplina, un método salvaje que no concluimos de otro modo. Pero Philip Glass le dedica una composición a las Aguas de las Amazonas, es admirar y querer hacer propio lo exótico de la selva brasileña, y es que la ingenuidad es salvaje, la ingenuidad; dulce ingenuidad del indígena, de la consumación del mentado choque del explorador alemán que violenta a la indígena, es no querer envejecer jamás para contener por siempre la indómita y más pura juventud. La pulsión sexual de la fresca carne de lo aborigen, la piel canela y tostada, la musculatura firme de un cuerpo sin contaminación de ninguna clase, ni mental ni cultural occidental, es la exquisita invitación a la necesidad kantiana de controlar lo salvaje, pontificando al ordenar el juicio y la percepción. La razón proyectada que la heredada armonía renacentista instala y fomenta la burguesía exitosa.

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Un hombre mira su reloj, mientras yo trato de ordenar mi jardín. El ejercicio de esta página, es el juego de la levedad griega versus la romana. Yo la domesticada, mantengo ancestralmente un enemigo, para mantener un sentido de nación. Esta imagen de nación, naciente, unificado, controlado, civilizado, es una manera de armar las imágenes, hacer un collage con sucesos, la arquitectura del relato, que no nos damos cuenta de que es relato hasta el final de la visión, como en cada una de las fotos, como en el conjunto de las fotos, y más afuera, como en la página en blanco con la trilogía de las fotos. Esto va de cómo entra la información por la imagen a la visión y luego a su re creación mental. Se mira y la pupila mira de un lado a otro las imágenes entran o más bien se transmiten por partes y se transforman en trozos y el cerebro las arma internamente, el mensaje viene luego, a posteriori, asociando para luego formar una idea y proyectarnos en panorámica, ingredientar, se doblan y luego despliegan en la cabeza del que mira.

Recogemos por trozos, asociamos y lanzamos en completitud, nace otra idea, movemos las piezas y se produce una nueva conformación, una nueva composición se desdobla de vuelta en la mirada. Es una nueva perspectiva. Una panorámica, la panorámica que domina imperialmente, demostrar dominio, porque conocer también es dominar. Yo por este acto descriptivo y explicativo, doméstico lo desconocido, lo indómito, saber es poder. Kant civilizando a la razón pura. El caballo y su jinete diluyéndose en la esquina de la foto, se cae de la foto, se cae de la página, la sublime maquinaria del tren estrellándose como el primer temor de la película de los Lumiere, y de la primera arma de fuego que un patagón ve, arrasado. Su parálisis y abandono resuena en el último grito, dice Kay. La intelectualización del deseo, del instinto, del ello freudiano, antes de que éste domine el intelecto. Es el avance de un método salvaje.