Captura

por Paola Avaria Vera / /

“Penetrar en el cuerpo extraño generado por la semejanza mecánica /…/ todos nuestros sentidos   y movimientos, virtualmente, ya han sido incautados por los mecanismos de reproducción técnica /…/ algo aterradoramente enérgico y  perturbador”  
Ronald Kay 

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No hay otra razón por la cual la primera fotografía fuera tomada más que la mirada cazadora del hombre con bastón sobre los pechos desnudos de la mujer africana situada a la izquierda.

No se trata de una exposición pictórica de salón. No se trata de representaciones que haya que decodificar. Se trata de una mujer venida de un continente otro, distinto del europeo occidental, que es expuesta como un animal en lo que hoy conocemos como los zoológicos humanos; en este caso, durante la exposición universal de París a fines del siglo XIX.

Esta vez la Olympia de Manet es real y está casi al alcance de la mano; tal como pregona dos siglos después un afiche publicitario en el centro de la ciudad con el eslogan lo que siempre quisiste ahora más cerca. La cacería está garantizada.

Esa mirada masculina que a penas vemos en la foto de Paris, es inequívoca. La máquina de última tecnología que en el siglo XIX logra capturar a ese cazador, no hace más que confirmar esa suposición. Es un acierto; un golpe asestado que se devuelve en el afiche de Rotter y Krauss, un grito mudo que revela que aquel hombre en la exposición parisina, no encuentra entre las mujeres de su mundo tan civilizado, la satisfacción del inconsciente deseo por lo salvaje que sí encuentra en aquella mujer. El ello freudiano al fin puede ser liberado. Y replicando la velocidad que el fotógrafo imprime para ajustar el lente del nuevo invento tecnológico para atrapar el instante; el gatillo de la cámara se aprieta al son de la pulsión que brota automáticamente en aquel hombre de sombrero; tal como la máquina se autoajusta calibrándose para disparar; tan descaradamente instintiva, que aquel individuo ni siquiera se da cuenta que lo fotografían; ni siquiera se da cuenta de que ya han apretado el gatillo.

Su mirada cae como rayo; como un cuchillo sobre aquella mujer cautiva, focaliza una acción que sigue ejecutándose en nuestras cabezas, incluso después de dejar de observarlos. Es la misma pulsión que se pretende detonar en el lector del texto que acompaña la foto de aquel afiche publicitario, la pose con que la indígena de exportación chilena se muestra para el mercado europeo; desnuda sobre la cubierta de un barco en viaje al viejo continente en algún momento del siglo XIX, es capturada en una foto como tratando de cubrir la violencia del sometimiento bajo una apariencia de tranquila y complaciente pose de exótica belleza, cuyo objetivo es perturbar al observador. Una pose europeizada.

Esa perturbación que se percibe en la atmósfera del tiempo fotográfico, persiste interpelándonos hasta hoy. De fondo, se evoca la canción de Los Prisioneros cuyo coro sentencia que el sexo se compra y se vende al más incauto a través de la publicidad. Los cuerpos son transables y no debe haber pudor en esa acción. Es una pulsión de clara índole sexual la que provoca la toma de esta fotografía decimonónica, manifestada no sólo en la mirada del hombre que retrata sino que también asalta al fotógrafo que dispara para retratar a través de la captura fotográfica. Su propósito es sacar una foto interesante; atractiva de mirar. ¿El lector logra observar algo peculiar? ¿Logra distinguir y observar cómo el término capturar se utiliza en el lenguaje de la práctica fotográfica moderna?. Se trata de una cacería aséptica; sin sangre; silenciosa. Pero ¿qué podríamos decir de la fotografía publicitaria de la marca de connotación euro-occidental, Rotter y Krauss? En pleno siglo XXI pareciera que las cosas no han cambiado. Debiese entender por el texto que acompaña a la fotografía, que la oportunidad de atrapar a la presa que en siglo XIX permanecía prohibida, hoy está al alcance de la mano en un formato civilizado; hegemónicamente blanqueada; una mujer ya domesticada para su lucimiento. Un perverso plan con el disfraz de inclusión; de integración; de diversidad cultural. La atmósfera se vuelve a perturbar.

Sin embargo, esa perturbación no le sucede a las cámaras. Las máquinas son mejores que los humanos, no tienen bajos instintos, no se equivocan ni se cansan, son perfectas; intachables o al menos así pensaban a fines del siglo XIX. A pesar de ello, la cámara sigue siendo capaz de sorprender a nuestros sentidos tan humanos. Eso es lo que el conjunto de estas tres fotografías logra: ser prueba de la presencia de la hegemonía masculina en el núcleo del desarrollo del avance tecnológico de la humanidad. Pulsiones que surgen en el ser humano ante la urgencia de controlar el entorno; de dominar lo salvaje no tecnologizado. La cámara se instituye como un instrumento para atrapar seres vivos y perpetuarlos en el tiempo en un afán de subordinar a la muerte y de controlar a las cándidas mentes. Tal parece que nunca dejaremos de ser salvajes, y los otros nunca dejarán de ser civilizados, pero ahora que sabemos más y mejor ¿no estaría bueno ya de dejar de mirar a Europa como gran paradigma?, aunque ésto implique lanzar por la ventana su querido LP de Los Beatles, ¿no sería bueno dejar ya de copiarles sus raros peinados nuevos? Aunque implique sacar las fotos imantadas de Brigitte del refrigerador ¿no sería mejor dejar que la caridad empezara por casa?.Por una vez, que no sea a usted a quien capturen.