¿Es El Greco el inquisidor del Cardenal Inquisidor?

por César Caro / /

 

“Troppo vero”, como habría dicho el papa Inocencio X a Velázquez. Demasiado Verás, mi estimado.

a. Suele suceder que la gente más cruel, más terrible en cuanto a sus actos y cometidos, es la que esconde mayores inseguridades y temores. Hitler, por ejemplo. Y no muy lejos, nuestro, en alta estima, general Pinochet. Quizás el retrato de El Greco sea el testimonio de esta hipótesis.

b. ¿Un miedo/reticencia del cardenal a ser retratado por el Greco? ¿Actitud entre huida y permanecer a fuerza del miedo mismo? ¿Miedo a que el inquisidor del Greco mire más allá de lo que el mismo Cardenal quiere mostrar o ser mostrado?.

c. El Cardenal don Fernando Niño de Guevara, toledano , Inquisidor general en 1599, tiene muchos parecidos al retrato del papa Inocencio X de Velázquez. No fueron los únicos pintores en retratar a personajes encumbrados en las altas esferas del poder, del poder religioso en este caso, no por simple casualidad. Rafael, Tiziano. ¿Ansias de poder? ¿Pretensiones que escapaban a las meras “artísticas” o de pintor? Hay que recordar, no está demás, que el oficio de pintor no era tan digno en valor como lo ha sido en otras épocas más cercanas a la nuestra; sin embargo, por de pronto, era el dominio del “artista” de transmitir imágenes, de transmitir el tipo de discurso que mejor le  convenga a la campaña publicitaria de los detentores del poder económico, político o religioso. Recordemos a Francois Hyancinthe Rigaud, y su hierático Luis IV, por ejemplo.

d. Su mano izquierda, aferrada, como una garra al brazo del sillón, evitando con todo su curtido temple -temple endurecido por las fatigosas noches y madrugadas en vela preguntando con dulzura a brujas y alquimistas si saben acaso dónde dejó las llaves la semana pasada- caer desmoronado bajo la mirada/pincel de El Greco (¿podremos premunidos de un pincel hacer revolución, salir con él a la calle a combatir ideas y prejuicios, o juicios ajenos, tan ajenos que son incongruencias y contrahechuras de mi mundo de beldad distópica?). Una mano que contraría al sujeto de ella, que le recalca imperiosa: no escapes desdichado, enfrenta a tu eternizador de tiempos e historia, no huyas, mantente impertérrito en tu pose de autoridad enclenque.

e. Sus ojos tras los cristales disimulando el intento absurdo de huir, o quizás arrancando de “El pintor del alma”, el inquisidor del alma del Cardenal; tal vez arrancando de los fantasmas que ve en los ojos de su pintor; quizás avergonzado de haber sido atrapado con el pensamiento en el intento absurdo de querer huir (o con el pensamiento embelesado en su última alquimia “crucificial” de carnes destrozada).

f. Da la impresión, por donde se vea, de escapar mientras pueda, -mientras el pincel demencial se lo permita, -en el segundo en el que el Greco cierre sus ojos para respirar: el cuerpo levemente inclinado en dirección hacia la puerta, única salida, único punto a través del cual obviar la presencia escrutadora e inquisitiva del primer apátrida del arte (¿del arte?, ¿del Arte?); las piernas, disimuladas dentro de la sotana, crispadas, alborotadas. ¿O es la silla, donde está sentado, su refugio, su “medicamento” para el vértigo de existencia que padece, para el exceso de moral que impronta su mano?

g. ¿El manierismo de El Greco, enlaza su juicio con su pincel y su retrato? Sin embargo, la pintura de El Greco es vertical, cruelmente vertical.

h. ¿Cuentas el tiempo entre dientes, Gran Inquisidor, para terminar con tu suplicio de silencios inquisitivos? ¿Recuerdas en este momento, por casualidad, los tormentos desperdigados a tantas de tus víctimas políticas, religiosas, ideológicas, o simplemente te son ajenos esos “trabajos por la verdad”?.

No debo huir, no debo huir, no debo huir, no debo…debo huir, ¡¡debo huir!!